lunes, 16 de febrero de 2026

XLI MEDIA MARATÓN FUENCARRAL-EL PARDO 2026: SUPERACIÓN DE LAS DIFICULTADES

                                                            A Noelia Salas

                                                            Porque me animó a escribir


El pasado domingo 15 de febrero tuve la fortuna de participar en la media maratón Fuencarral-El Pardo, que ya hace dos años me permitió quitarme un sinsabor de la mejor manera posible: con mi mejor marca personal en los 21k.

Adelantaré que en esta ocasión no rompí ningún molde. Sin embargo, ha resultado una de las más épìcas en las que he participado, siendo ya desde su preparación una verdadera lucha contra los elementos y contra mí mismo.

Venía ya, contra todo pronóstico, de haber participado en el 15k de la VUELTA PEDESTRE A TRES CANTOS, una carrera en la que, 24 horas antes, no sabía si iba a poder estar. Esos 15 kilómetros iban a ser una buena piedra de toque para Fuencarral, pero un inoportuno catarro, primero, y una inflamación en los músculos peróneos, que no sabía ni que existían hasta entonces, después, hicieron harto dificultoso el entrenamiento previo.

En mi conversación con Gemini, la IA de Google, como entrenador personal de running, le iba relatando cómo me sentía y él, o ella, me iba aconsejando como lo mejor que podía hacer para recuperarme. Hasta que llegó una prueba sin vuelta de hoja: el sábado por la mañana tenía que rodar 15 minutos muy suaves y, si no había dolor en absoluto, el domingo podría ir a Tres Cantos, pero ante la más mínima molestia, lo mejor era quedarme en casa.

Con esa incertidumbre me fui a la cama el viernes. ¿Podría correr en Tres Cantos o no? ¡Quién lo sabía! El caso es que madrugué el sábado, me calcé la ropa de invierno de running, mallas incluidas, porque hacía un frío de tres pares de narices, lo recuerdo muy bien, y salí a rodar con el miedo en el cuerpo. La prueba, gracias a Dios, fue un éxito: cero dolor. De modo que el domingo fui a Tres Cantos a correr los 15 km de la Pedestre con -1 grados, más contento que unas castañuelas. ¡La corrí y la disfruté!

Bien, pues parecía que el camino se despejaba para Fuencarral, pero no. Lo que quedaba no iba a ser fácil.

Aunque el dolor de los peróneos había remitido, tocaba ser prudentes a la hora de entrenar. No era cuestión de cargarnos el trabajo realizado hasta entonces. Así que fui cumpliendo y entonces vino un nuevo contratiempo: a dos semanas de la Media, en la tirada larga de 17 kilómetros, la más larga que iba a realizar, en los últimos 4 noté que algo no iba bien en mis zapatillas. Sentía el impacto del asfalto en el metatarso izquierdo mucho más que en el derecho, hasta el punto en que si eso se repetía con más kilómetros me iba a provocar dolor y quien sabe si lesión. Soy un corredor de pisada hiperpronadora con mi pie izquierdo y siempre es esa la zapatilla que deterioro más y así lo constaté en mi casa con más detenimiento. Conclusión: la amortiguación se había deteriorado por el uso y mis Mizuno Wave Inspirer habían tocado a su fin como zapatillas de running. La renovación de zapatillas era un imperativo no negociable.

Pues ese mismo sábado me fui a mi tienda de confianza y me vine con unas Adidas Supernova Solution que iban a ser mis nuevas compañeras de fatigas y las Mizuno se quedaron como calzado para salir a comprar el pan y similares usos. ¿Entonces estaba solucionado el problema? No del todo. Los corredores sabemos que las zapatillas nuevas hay que domarlas. Tenemos que «hacerlas nuestras» y eso implica que hay que seguir siendo muy prudentes en los entrenamientos.

La adaptación fue bien. Sin embargo, el catarro volvió a anidar en mi organismo. Es como si nunca se hubiera ido. Parecía leve, pero ahí seguía. Con sus mocos, sus toses y sus sequedades de garganta. Y encima con el mal tiempo que tuvimos en Madrid, de frío y lluvia todos los días. Pero, como un espartano, seguí adelante. Entrenando suave, pero entrenando cuando podía. Y valorando cada día si era mejor salir o quedarme en casa.

El día de la competición se fue acercando. Y en cada entrenamiento, el Garmin 255 me devolvía un valor de impacto neto en negativo. ¿Qué significaba eso? Según Gemini, que el balance entre el esfuerzo realizado y mi energía es desfavorable. Eso se debía, muy probablemente, al catarro: como mi organismo luchaba contra los virus, las pulsaciones se aceleraban más de lo habitual en situaciones que no lo requerían. Por tanto, había que hilar muy fino si entrenar y hasta dónde.

Bueno, aún así, durante la semana de la prueba me sentía bien... hasta que llegó la noche del jueves. Sin saber por qué, me desperté con un ataque de tos que parecía que no lo iba a poder controlar. Al final, entre agua, infusión de jengibre y pulverizador de propóleo, fue remitiendo. Pero el viernes por la mañana, en la oficina, me sentía agotado y no sabía si iba a poder correr la Media.

Afortunadamente, volví a mejorar. Durante el sábado, me cuidé todo lo que pude y me acosté contento porque tenía la certeza de que iba a poder estar en Fuencarral al día siguiente.

Y ahora, ¡por fin!, vamos a narrar lo que fue la carrera.

Me desperté antes de que sonara el despertador y me levanté ilusionado. Preparé mi desayuno ganador de los desafíos difíciles y me ventilé a las 6 de la mañana una infusión de jengibre con el zumo de un limón, un plátano, pan tostado, jamón serrano, crema de cacahuete con mermelada y un café solo. Como la carrera era a las 10, tendría la digestión hecha de sobra.

A las 9 estaba ya por la salida, ocupándome en las labores de siempre, dejar la mochila, calentar y hacer cola para ir al servicio. A diferencia de los días previos, el día amaneció espectacular. Algo frío, pero soleado, esto es, ideal para correr una larga distancia. El buen ánimo de los corredores se sentía en la piel.

Calenté bien para evitar cualquier sorpresa desagradable. La estrategia era clara: prudencia y disfrute. Por ese orden. Había entrenado todo lo bien que había podido, dadas las circunstancias, pero acudía un poco «con alfileres» y no era cuestión de venirme demasiado arriba después de todos los obstáculos superados para estar allí.

Por fin, la cuenta atrás y el pistoletazo de salida. ¡Qué alegría! ¡Una vez más iba a poder disfrutar de una carrera preciosa!

Salí despacio. Con la intención de que mis rodillas se fueran engrasando, ya que siempre me da ciertas molestias la izquierda (la de la pisada pronadora, claro). Allí íbamos toda la multitud de corredores arropados por los ánimos de los vecinos de Fuencarral, que animaban desde el minuto 1.

Los primeros 4 kilómetros fueron más bien de transición. Desde la salida en Nuestra Señora de Valverde hasta la zona de Tres Olivos con subidas y bajadas cortas fui cuidándome. Buscando encontrar un ritmo cómodo y gastar las mínimas energías. Parecía que el catarro respetaba y la mucosidad, al menos, no impedía respirar. Para mi sorpresa, hice unos tiempos mucho más rápidos de lo esperado, ya que pensaba empezar a 6:15-6:30 y fui siempre por debajo de 6:00, todo ello sin forzar la máquina. Buenas sensaciones para empezar.

Luego vino un perfil un poco más exigente durante los kilómetros 5 y 6, con primer avituallamiento y tramos de cuesta más largos, en los que ya mis tiempos fueron de 6:18 y 6:03. Íbamos ya por carretera en dirección al Pardo e íbamos dejando atrás el paisaje urbano.

A partir de entonces, la carretera fue cuesta abajo durante aproximadamente 4 kilómetros, carretera de El Pardo abajo. Era la zona más hermosa. Con pinares a ambos lados y la posibilidad de mantener un ritmo rápido sin cansancio, aunque hay que ir controlando la pisada por el impacto en las rodillas. En ese tramo llegué a ir a 5:22 sin acelerar la respiración ni las pulsaciones.

El descenso terminó con un giro a la izquierda y vinieron unos 3 kilómetros de llaneo y subida leve, enfilando hacia El Pardo. Entonces notaba en el pecho los restos de las flemas que me hacían toser de vez en cuando.

Al salir de El pardo por la carretera de la izquierda para iniciar el ascenso aún me mantenía firme. Algunos repechos bastante controlables con un bonito paisaje que lo hacía todo más llevadero. En mi cabeza me repetía «no forzar, no forzar...» y seguía adelante hasta el avituallamiento del kilómetro 10, que se encontraba bastante pasado el kilómetro 10, en el que aproveché para ingerir la cápsula de sal, para evitar la deshidratación y los calambres.

Nada más pasar un puente, más o menos por el kilómetro 13 o 14, donde ya empiezan a doler los músculos a pesar de las sales de la pastilla, una corredora me pregunta «¿Aquí empieza la subida?», y yo, que tiro del recuerdo de hace dos años, le digo «creo que sí, por lo que recuerdo, a partir de aquí se acabó la broma».

Mi memoria, que normalmente es similar a la que ostenta Dori, el pececito hembra de Buscando a Nemo, en esta ocasión no me falló. Era tal y como recordaba. Una fuerte subida con curvas era el inicio de ese pequeño infierno que se vive en la Media de Fuencarral. Y, tal y como recordaba también, el avituallamiento del kilómetro 15 se sitúa en una cuesta de inclinación diabólica. De esas que, como te pares ahí, estás fastidiado. A duras penas ingerí el gel deportivo con cafeína sin dejar de correr y casi atragantándome.

Enseguida comenzamos la calle Cardenal Herrera Oria. ¡Cuesta, cuesta y más cuesta arriba! Las flemas del pecho me hacían toser. Mi respiración se aceleraba y la mucosidad me incomodaba. Muchos corredores se paraban y caminaban, mas yo continuaba. Tenía muy claro que yo estaba allí para correr, no para caminar. Así que seguía. A ritmo de tortuga, pero seguía.

Entonces escuché una voz que me llamaba por mi nombre. Era Begoña, mi compañera de trabajo, que se había situado apostada en la mediana de Herrera Oria, móvil en mano para obsequiarme con tres fotos. Fue toda una alegría para mí en esos momentos críticos de la carrera. Quise chocar su mano, pero ella no podía soltar el móvil, así que, agradecido, la saludé de viva voz y continué.

Kilómetro 17. Ese momento en el que las reservas se agotan y las fuerzas te abandonan. Recordaba mi otra participación en la carrera, pero esta vez el escenario era muy diferente a aquel. En esta ocasión, había llegado hasta allí con lo justo, con los restos de un catarro que no me dejaba en paz, por lo que no era cuestión de hacer grandes alardes. La gente animaba desde los márgenes y los corredores respondíamos como podíamos. Hasta los barrenderos, quienes tenían que retirar las botellas de agua que algunos tiraban fuera del contenedor amarillo, nos animaban. Era todo muy emocionante, muy de película.

Empecé a tener sensaciones, todavía controlables, de que, como acelerara una pizca más de lo razonable, podía tener algún síntoma desagradable, como un mareo o incluso náuseas o vómitos. Eran momentos de mantener la cabeza fría y de economizar los esfuerzos al máximo posible. En el kilómetro 17 marqué 7:15 y en el 19, 7:04. Era casi como ir andando. Pero corría, que es lo importante.

Al final del kilómetro 20, nos animaban con «¡ya está hecho!». Mis sensaciones se habían estancado y solo había que aguantar un poco más.

Hasta que, ¡por fin!, giro a la izquierda y, a la vista, apareció el arco de llegada. Unos metros más... ¡y objetivo cumplido! Levanté los brazos. Estaba feliz. Una vez más, en Fuencarral, ¡había superado todas mis dificultades!

Mi tiempo real fue de 2:08:07. Lejos de aquel mítico 2:02:22, pero mejor que muchas otras medias. Y excepcional, tal y como se había puesto la cosa. Es para estar muy contento.

sábado, 14 de diciembre de 2024

XXV Media Maratón de Guadalajara 2024: la maravillosa montaña rusa de 21 kilómetros

El pasado domingo 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, tuve la suerte de participar en la Media Maratón de Guadalajara. Hubo que madrugar, sí, pero no demasiado. La carrera empezaba a las 10:30 y el viaje en coche no iba a durar más de tres cuartos de hora. La cuestión era que tenía que recoger mi dorsal ese mismo día y convenía estar muy pronto para poder hacerlo sin prisas ni colas innecesarias. Así que el despertador sonó, implacable, a las 6:00 a.m.

A las 7:30 dirigía mis pasos hacia el coche. ¡Hacía un frío del mismísimo carajo! Y eso, en Madrid, con lo que era de esperar que en Guadalajara lo hiciera aún más, pero me senté al volante tratando de no pensarlo demasiado. A uno le gusta el running, pero no deja de ser una persona con las mismas debilidades que cualquiera y esa idea recurrente de "con lo calentito que se está en la cama, quién te manda ir a pasar frío" emergía en mi mente, incordiando lo suyo.

El caso es que llegué bien. Con algún despiste en alguna salida, pero bien. Vamos, lo que me suele ocurrir en estos casos. Aparqué un poco lejos del estadio Fuente de la Niña, punto de partida de la gesta y, tal y como preveía, pude sentir el esperado frío intenso.

Sobre las 8 y cuarto recibí mi dorsal (yo creo que fui el primero en retirarlo en el día de la carrera). Una amable joven voluntaria me lo dio junto con una bolsa llena de cosas que aún no sabía qué eran.

-Ten cuidado, no la golpees, que lleva un tarrito de miel -me dijo.

¡Un tarrito de miel! ¡Claro, Guadalajara, miel de la Alcarria, la mejor!, pensé. Casi no me podía creer que fuera cierto un regalo tan original. Lo agradecí, sonriendo a mi vez y me fui al vestuario. Allí me quité el chándal y me coloqué el dorsal, lo metí todo en la mochila y la dejé en el guardarropa. Como aún faltaba mucho tiempo, volví al vestuario y me senté en uno de los bancos a esperar. Por lo menos se estaba calentito.

Tuve la oportunidad de charlar unos momentos con un joven corredor, que iba a la otra carrera, la 11KM Witzenmann, que también se celebraba en ese día.

-¡Uf! Esta media es muy dura -me dijo-. Tiene muchas cuestas.

-Lo sé -le respondí-. He leído que es una de las más duras de España. A ver qué tal se me da.

Me contó que amaba correr. Que quería seguir haciéndolo muchos años.

-¿Sabes por qué me encanta la media maratón? Porque nunca estoy seguro de que la voy a poder terminar -le solté, casi sin venir a cuento, porque me encanta contar esto a todo el mundo.

Me dirigió una sonrisa de complicidad y nos deseamos suerte. El salió y yo permanecí un poco más.

Al poco salí a calentar por la pista de atletismo. Había poca gente. Una chica rubia daba vueltas y vueltas. Imagino que ella no iba a participar en ninguna de las dos carreras, porque si no llegaría fatigada antes de empezar. Traté de calentar bien sin forzar. No quería que me pasara como en Moratalaz, que sufrí unas fuertes molestias desde el kilómetro 3.

Media hora antes salí afuera del estadio, donde estaban unos puestos y el arco de meta. ¡Era impresionante el ambiente que se respiraba! Música, amigos que se encontraban, un locutor animando, pero animando de verdad, no como el soso de Moratalaz. En un momento, el megáfono nos sugirió que debíamos ir al arco de salida, que se encontraba algunos metros más arriba del de meta y allá fuimos. ¡Qué sorpresa me llevé cuando vi que allí no había detector del chip! Eso significaba que no era posible registrar el tiempo real que haces. A efectos prácticos, que iba a marcar unos cuantos segundos, calculo entre 20 y 40, más de lo que realmente hubiera tardado si me registra la salida en el momento en que pasara por debajo del arco.

David, no hagas locuras -me dije-. Esta media no es para pretender hacer tiempo. Es demasiado dura, hace un frío de tres pares de narices y además te va a marcar tiempo de más. Así que, tranqui. "Al merme", como diría el gran Mota. O "al tran tran", como decimos en el mus.

Tras la cuenta atrás, dieron la salida. Poco a poco, fuimos atravesando el arco y empezamos la carrera cuesta abajo.

Pasamos la primera rotonda, en la que un grupo animaba con sus tambores. O bombos, lo que sean esos instrumentos de percusión, marcando un ritmo sabrosón que nos animaba muchísimo nada más empezar.

Al principio, corrimos por unas calles muy estrechas para acogernos a todos. Había que tener cuidado de no chocar, no tropezar y no poner la zancadilla a nadie. A ritmo muy tranquilo, pues ya nos hartaríamos de correr a lo largo de la mañana.

Enseguida vino la primera cuesta, en la que nos metíamos en el pueblo. Tocaba tomarlo con calma. El primer kilómetro lo hice, según mi aplicación, a 7:42. O sea, podríamos decir, a paso de tortuga con reúma. No me alarmé, ya que tenía claro que al principio hasta pasar por el arco de salida solo podía andar por todo el mogollón de corredores que tenía delante, por lo que no le di ninguna importancia. Había que disfrutar y no estar demasiado pendiente de los tiempos.

Tras la cuesta arriba, una cuesta abajo. Me acordé de aplicar la psicología inversa que tan buenos resultados me da: a diferencia de la lógica del corredor, que aprieta en las cuestas arriba y se relaja y recupera en las cuestas abajo, yo, cuando viene una cuesta abajo me digo "hay que trabajar" y me fijo en la técnica de pisada, en la cadencia, en la zancada, en la respiración... Y cuando toca una cuesta arriba, "hay que disfrutar", por lo que levanto la cabeza, miro a un lado y a otro, me fijo en los árboles, en los parques, en algo gracioso... ¡Lo que sea! Creo sinceramente que decirle a mi mente que tiene que disfrutar en las cuestas arriba es una de las mejores técnicas que puedo aplicar.

Y lo cierto es que me animé. Ya el kilómetro 2 lo hice a 6:00. Y, desde el 3 hasta el 16, todos fueron por debajo de 6, excepto el 7, que fue a 6:10, como vi después. ¡Mi psicología inversa funciona, por lo menos a mí!

Pero vamos a la carrera. Como digo, la popular Media de Guada es una verdadera montaña rusa, con lo que, si llevas mal lo de las cuestas, como un amigo que yo me sé, ésta creo que no es para ti porque sufrirías demasiado. Al tratarse de un circuito de dos vueltas, si has acabado harto con la primera sabes perfectamente que te queda una segunda.

Sin embargo, para mí fue una experiencia muy grata. Un recorrido variado y una fantástica animación. A pesar del frío, allí estaba la gente, en la calle o incluso desde las ventanas. Al ser una ciudad pequeña, a muchos corredores les conocían y gritaban su nombre: recuerdo a un tal Manolo que le vocearon en distintos puntos. Una corredora se quitó una sudadera que la estorbaba y desde una ventana, imagino que la de su propia casa, un señor, imagino que su padre, le gritó "tírala al suelo, que ahora bajo y la recojo".

Pasamos por el centro, por la plaza de la iglesia de San Ginés. Más música y más animación por megáfono, pidiendo que se nos aplaudiera porque lo merecíamos, decían. ¡Ellos sí que merecen nuestros aplausos! Al fin y al cabo, nosotros hacemos lo que más nos gusta, pero ellos animar en un día así... ¡Son sencillamente geniales!

Tras el avituallamiento en el kilómetro 5, al salir del centro una pequeña cuesta abajo, un giro a la derecha... y una cuesta arriba ¡brutal! A apretar gemelos y abdomen... o a disfrutar como yo me digo, pero a subirla. Arriba, un grupo de tres señoras nos aplaudía cuando llegábamos con la lengua fuera. Después, giro a la izquierda y a bajar una cuesta empinada. Para mí, a trabajar. A marcar pisada, acompasar braceo, estirar zancada...

Sobre el kilómetro 7, cuesta arriba no demasiado pronunciada, pero larga, muy larga. Luego vi en un plano que era el bulevar de Entrepeñas y al llegar arriba del todo, ¡más música! ¡Más animación! Eso te recuperaba del esfuerzo mucho más que un Aquarius.

Giramos a la derecha y fuimos paralelos a una autopista, separados de ella por un parque. También era cuesta arriba, pero casi llana. Eso sí, con ocho kilómetros de subibaja en las piernas. Ahí estábamos todavía fuertes.

Para finalizar el circuito, bajada, subida y vuelta a bajar para llegar a pasar de nuevo por el arco de salida y empezar la segunda vuelta, con avituallamiento en el kilómetro 11. Y esta vez hice algo nuevo que ya traía planeado. Os cuento:

En lugar de tomar el agua y el gel deportivo en ese mismo momento, cogí la botella de agua y corrí casi un kilómetro más con ella en la mano, aprovechando que era momento de cuesta abajo y, por tanto, no era momento de romper el ritmo. Cuando llegó la primera cuesta arriba, entonces bajé un poco el ritmo y aproveché a beber agua e ingerir el gel.

¿Por qué lo hice así? En mis entrenamientos, y también en mi última carrera, había estado mejorando mis tiempos, con lo que llegaba al kilómetro 10 por debajo de la hora y con buena energía. Entonces ¿por qué tomar el gel, si voy bien de fuerzas? Mejor tomarlo un poco más adelante, cuando estoy algo más fatigado y cuando queda menos carrera. Así, los efectos del gel se prolongan a ese ya conocido momento crítico del kilómetro 18.

Pues así fue. ¿Recordáis que iba con buenos tiempos hasta el 16? Por tanto, creo que posponer la ingesta del gel fue una buena decisión.

Efectivamente, en los kilómetros 17 y 18 apareció el bajón, como siempre. Pero esta vez era mucho más controlable. Me dolían las caderas, las rodillas y los músculos del abdomen. A las piernas ya les costaba mantener el ritmo y sentía cierta fatiga, sí. Pero no era esa tremenda sensación de vacío interior, de no poder con mi alma, de haber traspasado mi límite energético. Fue diferente: los kilómetros 16, 17, 18, 19 y 20 marcaron, según mi aplicación, 6:00, 6:15, 6:00, 6:17 y 6:20, algo que para mí no está nada mal. Sobre todo, teniendo en cuenta la dureza del reto.

Un corredor que me adelantó me preguntó:

-¿Qué tal? ¿Cómo vas?

-Razonablemente bien -le dije-. Mejor de lo que esperaba.

Ya quedaba poco. Por fin se vislumbraba la rotonda de los de la batucada. Allí seguían tocando, incansables. Les aplaudí a mi paso.

Finalmente, atravesé la meta con gran alegría. Me dolía todo pero me sentía feliz. Me pusieron la medalla y me dieron un gran avituallamiento: Nestea, Coca Cola, Aquarius, una manzana, una barrita energética, una botella de agua, ¡una bolsita de torreznos...! Pero faltaba lo mejor.

En el recinto del estadio de la Fuente de la Niña, daban ¡migas! ¡Y qué migas! Con tocino, chorizo, butifarra y uvas. Recogí las mías y tuve que ir al vestuario a abrigarme porque en ese momento el frío era aún mayor. Después, me las comí tan ricamente.

Allí, los corredores se reunían con su familia y amigos. Y, por lo que vi, hubo migas para todos. ¡Al día siguiente leí que hubo hasta cerveza! Lástima que yo no me enteré en el momento. Y también me enteré tarde que daban masajes a quien lo necesitaba.

Tras comprar el pan y, aprovechando que estaba en Guadalajara, unos borrachos, me fui al coche muy satisfecho. ¡Qué maravilla de carrera! ¡Qué recorrido, qué ambiente y qué avituallamiento final de lujo! Allí me fui con una bolsa que aún debía descubrir su contenido.

Al llegar a casa empecé a sacar cosas de allí: la camiseta conmemorativa, un gel deportivo, ¡un tetrabrik de kéfir! ¡una mochila de corredor! ¡una gorra! ¡Y el tarrito de miel de la Alcarria! ¿Alguien da más por menos? La carrera fueron 15 euros, mucho más económica que otras con menos alicientes. ¡Increíble! Desde aquí, mi aplauso a la organización.

Por último, los resultados estuvieron accesibles en el mismo día, ya al anochecer. Consulté mi tiempo. ¡2:02:41! ¡Fue mi segunda mejor marca en una media maratón! La mejor es de 2:02:22 en Fuencarral. Entonces pensé ¿qué hubiera pasado si hubieran registrado el tiempo real? ¿Hubiera batido entonces mi propio récord? Bueno, eso nunca lo sabremos. Era posible y eso era suficiente para estar muy contento.

De la experiencia saco dos conclusiones:

1. Soy lo que se dice "un disfrutón" del running. Cuanto más disfruto corriendo, mejor tiempo hago.

2. Fue un acierto posponer la ingesta del gel deportivo. Lo volveré a hacer en las siguientes carreras.

Y esto es todo por hoy. Siguiente estación: Getafe. La ciudad de mi fracaso: la única media en la que me tuve que parar. ¡Te tengo ganas!

domingo, 17 de noviembre de 2024

47ª Media Maratón de Moratalaz: la carrera de las molestias

¡Por fin llegó la primera media maratón de mi temporada! Estaba deseando que llegara este momento, ya que el estudio de la promoción de mi trabajo me impidió correr la de Fuenlabrada, dos semanas antes. Corría en mi barrio por sus calles, más que conocidas, y acudía con la ilusión de poder batir mi mejor marca. Había entrenado para ello, estaba motivado y podía ocurrir.

lunes, 17 de junio de 2024

21ª Media Maratón San Lorenzo de El Escorial: el maravilloso rompepiernas de Madrid

¡Por fin llegó el día! Domingo 16 de julio de 2024. Toda mi temporada de running esperando este momento. La media maratón más dura de toda la Comunidad de Madrid: el desafío de los desafíos.

sábado, 15 de junio de 2024

Beatriz Reus: LÁGRIMAS QUE DUELEN COMO ESPINAS DE UNA ROSA

En esta ocasión, quiero hablar de un libro especial para mí por muchos motivos. No tiene nada que ver con lo que habitualmente leo: no es una novela, sino un libro de poesía; no es de terror, sino de amor; su autor no es un clásico o un escritor best-seller, sino Beatriz, mi amiga desde los tiempos universitarios, cuando ambos estudiábamos la misma carrera: Filosofía.

martes, 4 de junio de 2024

IV Media Maratón de Carabanchel: la carrera de los contratiempos

El pasado domingo 2 de junio tuve la satisfacción de participar en la media maratón de Carabanchel por segundo año consecutivo. Una carrera con tan sólo 4 años de vida, contando la edición de hoy, a la que no le falta nada: tiene belleza madrileña, ya que la salida y meta se encuentran situadas en el Puente del Rey, un monumento sobre el río Manzanares muy representativo de nuestra ciudad; tiene una parte de recorrido agradable por el paseo de Madrid Río; tiene encanto de barrio, pues en ocasiones discurre entre calles de Carabanchel desde cuyas ventanas los vecinos animan a los corredores; y tiene dureza. Mucha dureza: desde el kilómetro 6 hasta el 12,5, pura subida.

domingo, 26 de mayo de 2024

Indicios de adulterio

Presentada en el concurso Relato 48 horas 2024


Me llamo Emma y a mis casi 60 años de edad he perdido ya el miedo y la vergüenza para narrar en estas líneas lo que jamás había contado a nadie. Cuando tenía 20 cursaba la carrera de Químicas en la Universidad y fue entonces cuando tuve la certeza de que mi padre, que se llamaba Luis, estaba teniendo una aventura. Por aquel entonces miraba a mi madre a cada momento, con ganas de gritarle algo así como ¡Por Dios! ¿cómo es posible que no te estés dando cuenta de que te la está pegando?