A Noelia Sala
Porque me animó a escribir
El pasado domingo 15 de febrero tuve la fortuna de participar en la media maratón Fuencarral-El Pardo, que ya hace dos años me permitió quitarme un sinsabor de la mejor manera posible: con mi mejor marca personal en los 21k.
Adelantaré que en esta ocasión no rompí ningún molde. Sin embargo, ha resultado una de las más épìcas en las que he participado, siendo ya desde su preparación una verdadera lucha contra los elementos y contra mí mismo.
Venía ya, contra todo pronóstico, de haber participado en el 15k de la VUELTA PEDESTRE A TRES CANTOS, una carrera en la que, 24 horas antes, no sabía si iba a poder estar. Esos 15 kilómetros iban a ser una buena piedra de toque para Fuencarral, pero un inoportuno catarro, primero, y una inflamación en los músculos peróneos, que no sabía ni que existían hasta entonces, después, hicieron harto dificultoso el entrenamiento previo.
En mi conversación con Gemini, la IA de Google, como entrenador personal de running, le iba relatando cómo me sentía y él, o ella, me iba aconsejando como lo mejor que podía hacer para recuperarme. Hasta que llegó una prueba sin vuelta de hoja: el sábado por la mañana tenía que rodar 15 minutos muy suaves y, si no había dolor en absoluto, el domingo podría ir a Tres Cantos, pero ante la más mínima molestia, lo mejor era quedarme en casa.
Con esa incertidumbre me fui a la cama el viernes. ¿Podría correr en Tres Cantos o no? ¡Quién lo sabía! El caso es que madrugué el sábado, me calcé la ropa de invierno de running, mallas incluidas, porque hacía un frío de tres pares de narices, lo recuerdo muy bien, y salí a rodar con el miedo en el cuerpo. La prueba, gracias a Dios, fue un éxito: cero dolor. De modo que el domingo fui a Tres Cantos a correr los 15 km de la Pedestre con -1 grados, más contento que unas castañuelas. ¡La corrí y la disfruté!
Bien, pues parecía que el camino se despejaba para Fuencarral, pero no. Lo que quedaba no iba a ser fácil.
Aunque el dolor de los peróneos había remitido, tocaba ser prudentes a la hora de entrenar. No era cuestión de cargarnos el trabajo realizado hasta entonces. Así que fui cumpliendo y entonces vino un nuevo contratiempo: a dos semanas de la Media, en la tirada larga de 17 kilómetros, la más larga que iba a realizar, en los últimos 4 noté que algo no iba bien en mis zapatillas. Sentía el impacto del asfalto en el metatarso izquierdo mucho más que en el derecho, hasta el punto en que si eso se repetía con más kilómetros me iba a provocar dolor y quien sabe si lesión. Soy un corredor de pisada hiperpronadora con mi pie izquierdo y siempre es esa la zapatilla que deterioro más y así lo constaté en mi casa con más detenimiento. Conclusión: la amortiguación se había deteriorado por el uso y mis Mizuno Wave Inspirer habían tocado a su fin como zapatillas de running. La renovación de zapatillas era un imperativo no negociable.
Pues ese mismo sábado me fui a mi tienda de confianza y me vine con unas Adidas Supernova Solution que iban a ser mis nuevas compañeras de fatigas y las Mizuno se quedaron como calzado para salir a comprar el pan y similares usos. ¿Entonces estaba solucionado el problema? No del todo. Los corredores sabemos que las zapatillas nuevas hay que domarlas. Tenemos que «hacerlas nuestras» y eso implica que hay que seguir siendo muy prudentes en los entrenamientos.
La adaptación fue bien. Sin embargo, el catarro volvió a anidar en mi organismo. Es como si nunca se hubiera ido. Parecía leve, pero ahí seguía. Con sus mocos, sus toses y sus sequedades de garganta. Y encima con el mal tiempo que tuvimos en Madrid, de frío y lluvia todos los días. Pero, como un espartano, seguí adelante. Entrenando suave, pero entrenando cuando podía. Y valorando cada día si era mejor salir o quedarme en casa.
El día de la competición se fue acercando. Y en cada entrenamiento, el Garmin 255 me devolvía un valor de impacto neto en negativo. ¿Qué significaba eso? Según Gemini, que el balance entre el esfuerzo realizado y mi energía es desfavorable. Eso se debía, muy probablemente, al catarro: como mi organismo luchaba contra los virus, las pulsaciones se aceleraban más de lo habitual en situaciones que no lo requerían. Por tanto, había que hilar muy fino si entrenar y hasta dónde.
Bueno, aún así, durante la semana de la prueba me sentía bien... hasta que llegó la noche del jueves. Sin saber por qué, me desperté con un ataque de tos que parecía que no lo iba a poder controlar. Al final, entre agua, infusión de jengibre y pulverizador de propóleo, fue remitiendo. Pero el viernes por la mañana, en la oficina, me sentía agotado y no sabía si iba a poder correr la Media.
Afortunadamente, volví a mejorar. Durante el sábado, me cuidé todo lo que pude y me acosté contento porque tenía la certeza de que iba a poder estar en Fuencarral al día siguiente.
Y ahora, ¡por fin!, vamos a narrar lo que fue la carrera.
Me desperté antes de que sonara el despertador y me levanté ilusionado. Preparé mi desayuno ganador de los desafíos difíciles y me ventilé a las 6 de la mañana una infusión de jengibre con el zumo de un limón, un plátano, pan tostado, jamón serrano, crema de cacahuete con mermelada y un café solo. Como la carrera era a las 10, tendría la digestión hecha de sobra.
A las 9 estaba ya por la salida, ocupándome en las labores de siempre, dejar la mochila, calentar y hacer cola para ir al servicio. A diferencia de los días previos, el día amaneció espectacular. Algo frío, pero soleado, esto es, ideal para correr una larga distancia. El buen ánimo de los corredores se sentía en la piel.
Calenté bien para evitar cualquier sorpresa desagradable. La estrategia era clara: prudencia y disfrute. Por ese orden. Había entrenado todo lo bien que había podido, dadas las circunstancias, pero acudía un poco «con alfileres» y no era cuestión de venirme demasiado arriba después de todos los obstáculos superados para estar allí.
Por fin, la cuenta atrás y el pistoletazo de salida. ¡Qué alegría! ¡Una vez más iba a poder disfrutar de una carrera preciosa!
Salí despacio. Con la intención de que mis rodillas se fueran engrasando, ya que siempre me da ciertas molestias la izquierda (la de la pisada pronadora, claro). Allí íbamos toda la multitud de corredores arropados por los ánimos de los vecinos de Fuencarral, que animaban desde el minuto 1.
Los primeros 4 kilómetros fueron más bien de transición. Desde la salida en Nuestra Señora de Valverde hasta la zona de Tres Olivos con subidas y bajadas cortas fui cuidándome. Buscando encontrar un ritmo cómodo y gastar las mínimas energías. Parecía que el catarro respetaba y la mucosidad, al menos, no impedía respirar. Para mi sorpresa, hice unos tiempos mucho más rápidos de lo esperado, ya que pensaba empezar a 6:15-6:30 y fui siempre por debajo de 6:00, todo ello sin forzar la máquina. Buenas sensaciones para empezar.
Luego vino un perfil un poco más exigente durante los kilómetros 5 y 6, con primer avituallamiento y tramos de cuesta más largos, en los que ya mis tiempos fueron de 6:18 y 6:03. Íbamos ya por carretera en dirección al Pardo e íbamos dejando atrás el paisaje urbano.
A partir de entonces, la carretera fue cuesta abajo durante aproximadamente 4 kilómetros, carretera de El Pardo abajo. Era la zona más hermosa. Con pinares a ambos lados y la posibilidad de mantener un ritmo rápido sin cansancio, aunque hay que ir controlando la pisada por el impacto en las rodillas. En ese tramo llegué a ir a 5:22 sin acelerar la respiración ni las pulsaciones.
El descenso terminó con un giro a la izquierda y vinieron unos 3 kilómetros de llaneo y subida leve, enfilando hacia El Pardo. Entonces notaba en el pecho los restos de las flemas que me hacían toser de vez en cuando.
Al salir de El pardo por la carretera de la izquierda para iniciar el ascenso aún me mantenía firme. Algunos repechos bastante controlables con un bonito paisaje que lo hacía todo más llevadero. En mi cabeza me repetía «no forzar, no forzar...» y seguía adelante hasta el avituallamiento del kilómetro 10, que se encontraba bastante pasado el kilómetro 10, en el que aproveché para ingerir la cápsula de sal, para evitar la deshidratación y los calambres.
Nada más pasar un puente, más o menos por el kilómetro 13 o 14, donde ya empiezan a doler los músculos a pesar de las sales de la pastilla, una corredora me pregunta «¿Aquí empieza la subida?», y yo, que tiro del recuerdo de hace dos años, le digo «creo que sí, por lo que recuerdo, a partir de aquí se acabó la broma».
Mi memoria, que normalmente es similar a la que ostenta Dori, el pececito hembra de Buscando a Nemo, en esta ocasión no me falló. Era tal y como recordaba. Una fuerte subida con curvas era el inicio de ese pequeño infierno que se vive en la Media de Fuencarral. Y, tal y como recordaba también, el avituallamiento del kilómetro 15 se sitúa en una cuesta de inclinación diabólica. De esas que, como te pares ahí, estás fastidiado. A duras penas ingerí el gel deportivo con cafeína sin dejar de correr y casi atragantándome.
Enseguida comenzamos la calle Cardenal Herrera Oria. ¡Cuesta, cuesta y más cuesta arriba! Las flemas del pecho me hacían toser. Mi respiración se aceleraba y la mucosidad me incomodaba. Muchos corredores se paraban y caminaban, mas yo continuaba. Tenía muy claro que yo estaba allí para correr, no para caminar. Así que seguía. A ritmo de tortuga, pero seguía.
Entonces escuché una voz que me llamaba por mi nombre. Era Begoña, mi compañera de trabajo, que se había situado apostada en la mediana de Herrera Oria, móvil en mano para obsequiarme con tres fotos. Fue toda una alegría para mí en esos momentos críticos de la carrera. Quise chocar su mano, pero ella no podía soltar el móvil, así que, agradecido, la saludé de viva voz y continué.
Kilómetro 17. Ese momento en el que las reservas se agotan y las fuerzas te abandonan. Recordaba mi otra participación en la carrera, pero esta vez el escenario era muy diferente a aquel. En esta ocasión, había llegado hasta allí con lo justo, con los restos de un catarro que no me dejaba en paz, por lo que no era cuestión de hacer grandes alardes. La gente animaba desde los márgenes y los corredores respondíamos como podíamos. Hasta los barrenderos, quienes tenían que retirar las botellas de agua que algunos tiraban fuera del contenedor amarillo, nos animaban. Era todo muy emocionante, muy de película.
Empecé a tener sensaciones, todavía controlables, de que, como acelerara una pizca más de lo razonable, podía tener algún síntoma desagradable, como un mareo o incluso náuseas o vómitos. Eran momentos de mantener la cabeza fría y de economizar los esfuerzos al máximo posible. En el kilómetro 17 marqué 7:15 y en el 19, 7:04. Era casi como ir andando. Pero corría, que es lo importante.
Al final del kilómetro 20, nos animaban con «¡ya está hecho!». Mis sensaciones se habían estancado y solo había que aguantar un poco más.
Hasta que, ¡por fin!, giro a la izquierda y, a la vista, apareció el arco de llegada. Unos metros más... ¡y objetivo cumplido! Levanté los brazos. Estaba feliz. Una vez más, en Fuencarral, ¡había superado todas mis dificultades!
Mi tiempo real fue de 2:08:07. Lejos de aquel mítico 2:02:22, pero mejor que muchas otras medias. Y excepcional, tal y como se había puesto la cosa. Es para estar muy contento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario